La mayor parte de mi vida me sentía cómoda conmigo mismo, sin necesidad de querer un novio o algo así… todo estaba bien.

Sin embargo, este verano algo había cambiado. A mis 15 años, ya no era la niña pequeña que jugaba sin preocupaciones. Mis amigas hablaban de chicos, de coqueteos y besos robados, mientras yo me miraba en el espejo y solo veía una imagen que me llenaba de vergüenza.

Mi pecho era pequeño, casi inexistente, y mis glúteos apenas se insinuaban bajo mi traje de baño. En un mundo donde las curvas femeninas eran adoradas y exaltadas, yo me sentía invisible, como una sombra en mi propio reflejo.

Los comentarios hirientes no tardaron en llegar. Algunos chicos, con esa crueldad propia de la adolescencia, se burlaban de mi figura, haciendo comentarios inapropiados y comparándome con otras chicas con cuerpos más exuberantes. Sus palabras me herían como dardos, clavándose en mi autoestima y haciéndome sentir cada vez más pequeña e insignificante.

Intenté ignorarlos, fingir que no me importaban sus burlas, pero la semilla de la inseguridad ya había sido sembrada en mi corazón. Empecé a evitar las playas, a esconderme bajo ropa holgada, a negarme a participar en actividades que antes me encantaban.

Pronto, hablé con una amiga al respecto, me dijo que conocía a una chica que vivía el mismo caso, entre las dos hablamos de nuestras inseguridades y lo mal que veces nos sentíamos con los comentarios ajenos. Nos volvimos muy cercanas y nos dimos cuenta que todo ello no importaba tanto, que éramos muy jóvenes para pensar en ello.

¡Ahora tengo mi polola que me quiere y yo a ella! Sin importar mi físico, YEY VIVAN LOS GAYS 😻🩷